A Clara me la regalaron el día que cumplí ocho años. Fue mi tía, que siempre llega tarde a todo, y llegó cuando ya habíamos partido el pastel. Traía una caja con una ventanita de plástico y adentro se veía a Clara acostada, sujeta con unos alambres que le pasaban por la cintura.
No la saqué en toda la tarde. Me daba cosa romper la caja. La cargué así, cerrada, mientras los demás jugaban, y hasta la noche mi mamá me dijo que si no la iba a abrir nunca. La abrí a las diez, ya en pijama, cortando los alambres con muchísimo cuidado para no doblarle los brazos.
Los tres años que durmió conmigo
A partir de esa noche durmió en mi cama. No de vez en cuando: todas las noches, del lado de la pared para que no se cayera. Le hacía su lugar con la almohada chiquita y le acomodaba el pelo antes de dormirme, siempre para el mismo lado, que es por lo que ahora lo tiene tan lacio de ese lado.
De día jugábamos a la casita. Clara era la que salía a trabajar y volvía en la tarde, y yo le hacía la comida con plastilina. Cuando íbamos al súper la llevaba sentada en el carrito, con el cinturón puesto, y mi mamá fingía que no le daba pena.
La puerta del coche
El accidente fue en un viaje a casa de mi abuela. Yo iba bajando del coche con Clara en la mano y se me atoró el brazo en la puerta justo cuando la cerré. Se oyó el ruido de la tela. Me puse a llorar antes de mirar, porque ya sabía.
Se le había abierto la costura del hombro casi entera. Mi abuela dijo que eso se arreglaba y sacó su caja de hilos, pero yo quise coserla. Me tardé toda la tarde y me quedó chueca; el hilo era de un tono más claro porque no había del color exacto.
Sigue ahí. Si le buscas el brazo se ve la costura, un poco más gruesa que el resto. Nunca quise que me la volvieran a coser bien, porque entonces ya no se notaría que la arreglé yo.
Cómo está hoy
Trae su vestido de diamantes, el collar rosa y las zapatillas, que son las originales. El vestido está entero. Y la costura, ya te dije dónde está.