La ropa llegó una Navidad, en una bolsa de tela que mi abuela cosió ella misma porque no le alcanzó el papel de regalo. Adentro venían cinco piezas dobladas una encima de otra: el gorro de orejitas, la playera de la jirafa, el pantalón de lunares, el chaleco rosa con capucha y las botitas.
Me acuerdo del orden porque las saqué de una en una y las fui poniendo en la alfombra, en fila, antes de tocar ninguna.
El cambio de la noche
A partir de ahí, cambiar a mis bebés se volvió parte de irme a dormir. Primero los cambiaba, luego me lavaba los dientes. Si alguien me apuraba, se me hacía tarde en los dientes, no en la ropa.
No los cambiaba porque estuvieran sucios. Era que me aburría de verlos iguales. Un día el chaleco rosa iba con el pantalón de lunares y al siguiente el pantalón iba solo, con la playera de la jirafa, y así. Llegué a tener combinaciones favoritas y combinaciones que no me gustaban, y las que no me gustaban las hacía de todos modos para que ninguna pieza se quedara sin usar.
El día del desfile
Una vez organicé un desfile en la sala. Puse a los cuatro bebés en el sillón y los fui cambiando uno por uno mientras mi hermano hacía de público. Duró como dos horas. Él se aburrió a los diez minutos pero se quedó porque le dije que si se iba se acababa el desfile, y él quería ver el final.
El final era el chaleco rosa con el gorro de orejitas, que era mi combinación número uno.
Por qué está tan bien
Todo se lava y ninguna pieza está manchada, y eso no es suerte. Las lavaba a mano, en la tarja, con jabón del que hace mucha espuma, y las tendía en el respaldo de una silla. Nunca las metí a la lavadora porque me dijeron que el gorro se podía deshacer.
Van las cinco, dobladas como me las dieron.